Chaos
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Cuento “El Alba”

lettreinsurgee:

-         Mira, ya va a amanecer.
Dijo ella mientras cruzaban la Alameda de Santiago caminando.

-         Deben ser las seis de la mañana, y estoy bien lucido para estas horas de la noche.
Dijo él sonriendo mientras se agachaba a recoger un puñado de rosas rojas marchitas que estaban botadas en un paradero de micros por Av. Las Rejas, se las guardo en el bolsillo de su polerón largo y después le acomodo la chaqueta que ella traía en su espalda.

-         Es súper relajante caminar a esta hora por la calle, ojala fuese siempre así

-         Si, ¿verdad? Aunque hace mucho frío, quiero que lleguemos a acostarnos

-         No si no tengo intenciones de quedarme caminando toda el alba

Rieron juntos, como esa conversación la habían construido juntos también porque nadie sabrá nunca quien dijo que, como ese amor tan particular y cómplice que también habían construido juntos y que nadie nunca sabrá quien destruyo que.
Rieron mientras cruzaban la calle vacía y melancólica, oscura por muy poco tiempo; la calle siempre supo que llegaría el amanecer, que habría otro día y su oscuridad no seria eterna, pero a pesar de que eso le sucedía todas las noches, nunca pudo comprender el momento exacto en que entraba la luz por el viento y arrancaba la oscuridad de raíz, la usurpaba y atentaba contra su integridad sensible y poética de ser oscuridad, la exiliaba sin remordimiento porque para la luz era una guerra lo que para la noche era misticismo estepario que debía fluir de manera inefable.
Al entrar caminando por el medio de una calle aledaña muy larga, él, con su naturaleza tan espontánea de niño, se puso a jugar con las rosas marchitas que traía en sus bolsillos. Caminaba unos tres pasos más atrás que ella, robándole los pétalos a la flor para transformarlos de forma convictita y rebelde, y sin ningún permiso, en una caricia que el viento que entraba por su espalda junto con los primeros rayos de luz se encargaría de hacer inolvidable y fecundo este instante.

-         ¿Tienes hambre? En mi casa siempre hay comida y yo estoy cagá de hambre

-         Si, ahora que pienso en hambre me acorde que tenia hambre de temprano

-         Yo me comería un churrasco con queso y una chelita, ¿No te tinca?

-         Igual yo tengo sueño, quiero comer una weá e irnos a la cama nomás

-         Ah, verdad. Dejémoslo para mañana al almuerzo mejor

-         ¿Me estai invitando a almorzar? Y yo no te he invitado ni un cigarro, permítame invitarla esta pieza de baile hermosa señorita.

De forma natural y sin dejar de caminar, él tomo su mano y empezó a hacerla girar mientras la rodeaba. Al parecer imaginaban un tango por la armonía en que bailaban sus miradas y como se coqueteaban sus manos. Mientras avanzaban, el primer rayo de sol se marcaba en la calle mas lejana que veían, dictaminaba su poder en el piso, se marcaba como se marca un cadáver con tiza en el cemento.
Hacia mucho frío esa noche, ella llevaba su mochila andina, dos polerones de niño y una chaqueta (que en realidad era una bata de vestir verde agua), un sombrero y una bufanda que le resaltaban muy bien sus lentes de marco rosado. Él caminaba con sus jeans, y un polerón largo y obscuro con capucha, siempre fiel con su pañuelo en el cuello y su mochila en la espalda. Hacia tanto frío que era inexplicable que bailaran tan lento, con solo una mano que salía de sus bolsillos para entrelazarse de forma amorosa, no se estiraban del todo bien porque se mantenían calentitos en una postura “achicada” ya que ambos eran altos. Hacia tanto frío que las intenciones de bailar eran traslucidas por otra cosa. Y así fue, en ese preciso instante en que ella daba otra vuelta, él se acerco y la tomo por la cintura para que cuando ella quedase frente a él, solo pudiese mirarlo a los ojos; Cosa que ambos sabían que era peligrosa si lo hacían muy de cerca.
Paso un instante, una centésima de segundo, una nota de saxofón, lo que demora en caer la primera gota de la lluvia, o la primera hoja del otoño, paso el viento con todos los pétalos de rosa que un niño había dejado llevar, paso una vida en lo que las personas definen como tiempo, pasaron sus miradas fijamente en la eternidad. De forma tan lenta como la primera vez que haces el amor, pudieron entrar por esa mirada en la intimidad del otro. En ese momento ínfimo que paso entendieron que ninguno debía dar el primer paso, nadie tenía que arriesgarse a nada, no existía la posibilidad remota de intentar cruzar el río, porque ambos estaban levitando sobre la montaña que era dividida por ese río, los dos abrazados se convertían en la catarsis inefable de la vida y el beso que vino era el sello cómplice que tenia que venir. Ellos se besaron, no uno beso al otro o viceversa; Se encontraron en la eternidad del cielo sus bocas y su lenguas como si siempre se hubiesen conocido, como si nunca lo hubiesen esperado porque siempre fue correspondido.
Con este beso estepario, se terminaba la obra de arte que era el paisaje que mis ojos deleitaban, y mi boca vieja hoy narra. La naturaleza urbana de la calle, la naturaleza irreverente de la vida de dos jóvenes hacia completo este escenario: Una calle larga de casas y departamentos pequeños que terminaba en una muralla muy baja, que solo contenía a la cordillera del otro lado, y esta cordillera daba a luz poco a poco al sol de un nuevo día, pero que aun no era tan fuerte para ganarle a la oscuridad y al frío de la noche, aun quedaban focos de luz amarilla prendidos, sombras en las paredes, y un viento frío que avisaba el invierno, un viento que había arrastrado todos los pétalos rojos de rosa marchita, quienes ahora vivían plasmados en el cemento marcando el camino de estos dos amantes, guiando a la vida hacia este momento.
Cuando se separaron, y entendieron que todo había cambiado en sus realidades, se miraron otro segundo; Ahora la ternura y la calidez de un abrazo bajo la cama se apoderaba de sus miradas, eran otros. De forma tan natural y segura, sus manos que coqueteaban se entrelazaron firmemente y se acariciaron para combatir al frío que los había traído hasta aquí, que los había unido.

 Así es como ellos siguieron su camino en la noche, que para mi era mañana, y yo los vi alejarse por el medio de la calle, hasta que el sol los atrapo en su usurpación y doblaron por una calle a la derecha. Nunca mas supe de ellos, nunca más los volví a ver, salvo sus sombras que quedaron marcadas como quemaduras en el cemento de esa calle.
Salí muchas noches a fumar por la ventana de mi departamento en el tercer piso, a distintas horas para ver si los veía pasar, pero nunca mas los encontré.
Ahora me estoy muriendo, han pasado exactamente cuarenta y seis años desde que presencié este momento fecundo de la vida, que marco mis años que pasaron después, que me hizo encontrar mi amor al ver el amor florecer ahí. Y yo no quería irme de este juego sin dejárselo a la eternidad, a ustedes. ¡Que todos sepan que ellos existieron! Que la vida entienda que el amor es mas abstracto que lo que ella cree, que la vida deje de ser tan necia e ignorante y comprenda por fin que el amor es una explosión inefable que puede destruir y construir a la vez, que no es necesario que perdure en el tiempo de los humanos para que exista, ¡Existe desde el momento en que tus ojos se clavan en sus ojos! Y ya tienes la seguridad de que tu corazón sentirá cosquillas cuando se acerque a su corazón.
Porque como decía un buen tipo en mis años de juventud; “El amor es el deseo repentino, de hacer eterno lo pasajero”. Puedo descansar en paz, me muero.

Cuento de cuentos, Cristobal Alvarado.

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